Una vez más Yhisas y el que escribe, volvimos a fijar nuestras miradas en las agujas de Galayos y en aquellas dos rutas que, por motivos aún poco claros, no pudimos escalar la semana pasada.
Ahora todo pintaba mucho más claro: Yhisas no iba en chanclas, teníamos suficiente tiempo por delante y más ganas que nunca. Con la furgo cargada de metralla y comida despegamos de esta ciudad a la hora en que sus habitantes se incorporan a sus trabajos después de un fin de semana más de calores y piscina.
Todos los que me conocen saben de mi afición por participar en aventuras montañeras con las mismas provisiones que puede llevar Tarzán en un paseo por la selva, gran error el mío el confiar siempre en el alguien llevará… o en el ya compraré… Pero esta vez no sería así. Una fiambrera llena de tortellinis con tomate y queso, barritas energéticas, embutidos, pan, cerezas de la Vera y demás tesoros formaban parte de nuestro equipaje. Nada podría detenernos esta vez.
A la hora prevista comenzamos la ascensión hacia pie de vía, algunas nubes empezaban a concentrarse por encima de la Sierra de Gredos, en principio nada sospechoso. A las dos horas de aproximación nos encontrábamos muy cerca ya de nuestro objetivo: el conjunto granítico de las Berroqueras. Para entonces las nubes ya exhibían un claro aspecto amenazador, oscuras y rápidas se movían sobre vuestras cabezas a gran velocidad: se preparaba claramente la clásica tormenta de verano.
Decidimos esperar a que descargase y emprender la escalada en cuanto fuese posible, para ello buscamos un pequeño refugio donde abrigarnos, ahí llegó la primera sorpresa al abrir la mochila: ¡Nuestro gran tesoro, los tortellinis, las cerezas, todo se había quedado en el coche! Otra gran cagada, aunque no suficiente para echarnos atrás, sobreviviríamos hasta la tarde del día siguiente con la lata de mejillones que Yhisas, no sé muy bien por qué, guardaba en uno de los bolsillos de su mochila. La lluvia cesó y comenzamos ese ritual tan característico de los escaladores cómo es vestirse a pie de vía. Colocarse el arnés, seleccionar el material, ese ritual que, como escrupulosa liturgia, todos realizamos en el mismo orden y en el máximo de los silencios, con el tintineo de los mosquetones como único sonido de fondo.
Pero ¿Qué se puede esperar de un itinerario de escalada llamado Vía de las tormentas? Con los gatos puestos, magnesio en las manos y la mirada escrutadora de los primeros pasos un poderoso trueno dio inicio a la autentica tromba. En menos de un minuto estábamos ambos chorreando, las cuerdas empapadas, y nuestros proyectos de nuevo por los suelos. Después de mucho tiempo deliberando sobre qué hacer emprendimos el descenso con las orejas gachas y la lata de mejillones en los bolsillos.
Buscando desesperadamente paredes para escalar nos dirigimos a Villarejo (excelente zona cercana) a intentar una ruta clásica y de gran belleza lejos de las alturas de Galayos. Por lo menos ahora tendríamos el estómago lleno.
La ruta elegida en este caso es la clásica Guirles Marchal a la torre de Villarejo. Se trata de seis largos de gran belleza sobre buena roca. Muy disfrutona y elegante sin grandes dificultades. El primer largo discurre por una placa de 6a con unos pasos que te pillan un poco frío. A través de una travesía a derechas se supera un diedro que da lugar al tercer largo: una bonita fisura de dedos. Al contrario de lo que ocurrió en el Torozo (véase Con friends y a lo loco) esta vez me tocaron a mí los largos guapos, aunque en general no desmerece ninguno en toda la vía.
Fue una mañana perfecta, de esas que te hacen olvidar el mal rollo del día anterior. Otra travesía más después de la fisura de dedos te deja al pie del penúltimo largo de la vía y, en mi opinión, la joya del recorrido. Un diedro con agarre y muy vertical que finaliza en una fisura al final ciega. Una autentica delicatesen de más de treinta metros, con ambiente y disfrutona al máximo. Desde ahí, y por terreno fácil, llegamos a la cima de la aguja.
Realizamos las fotos de rigor mirando con precaución a ambos lados en busca de algún escalador espontaneo y testigo de nuestra particular firma. Otro día más la soledad ha sido el premio concedido por los Dioses a nuestras escaladas.
Al ritmo de los Judas Priest y comiendo cerezas de la Vera llegamos a la hora del atasco a la capital del reino; sabiendo que en breve habrá que hacer la mochila de nuevo para realizar los proyectos que quedan en el aire tormentoso de Galayos.

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