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En Guinea, como en casi todos los países de África, hay muchos niños que tienen que recorrer al día cantidad de kilómetros para ir a la escuela. La imagen de niños haciendo autoestop en muchos países donde he estado me llama mucho la atención, los típicos hermanos de la mano caminando por el arcén de la carretera… Siempre me he preguntado si los profesores les regañan por llegar tarde como hacían con nosotros (yo vivía a menos de treinta segundos de la puerta del colegio).

 Estos niños de Guinea lo pudieron tener algo más fácil cuando una ONG mitad guineana y mitad española con el maravilloso nombre de Guinebus, decidió lanzarse a la búsqueda de medios de transporte para acercar la escuela a los chavales. Entre las opciones estaban toda suerte de vehículos de los que se quiere deshacer la gente en nuestro país: autobuses destartalados y viejas antiguallas de muchas ruedas que no hubiesen aguantado el viaje hasta nuestro continente vecino.

Por cosas del destino el parque móvil de Guinebus se completó con una flota de ocho Volvos flamantes de tamaño más que familiar. Coches con todos los accesorios posibles: cierre centralizado, elevalunas eléctricos, aire acondicionado y frenos ABS. Hasta ahí todo bien. Estos coches sólo tenían el pequeño detalle de haber sido donados por la Funeraria de Barcelona, se trataba de ocho furgones fúnebres que se jubilaban de tan siniestro trabajo para transportar sobre sus hombros a los niños más alegres del planeta.

 Los coches fueron llevados a Madrid desde Barcelona como el convoy más tétrico que desde hace tiempo surcaba la A2. Y así fueron a parar a Valdemanco, pequeña población a los pies de la Sierra de la Cabrera y ahí descansan hasta nuestros días.

 Como suele pasar con muchas ONG´s, los problemas internos o la dificultad de coordinación con el país de origen hacen que las bellas ideas acaben siendo mucho más difíciles de llevar a la práctica de lo que parece en un principio. La ong se deshizo y los coches iniciaron su letargo entre la maleza y el granito de la sierra madrileña. Y así estuvieron casi un par de años.

 Yo he sido obsequiado con uno de ellos, ha sido un honor para mí. Un coche con tanta historia, casi 700000 kilómetros, me pregunto si existe alguna ecuación matemática que determine la cantidad de fiambres que ha llevado en base al kilometraje. Sé que la misión que iba a realizar era mucho más digna, en el fondo lo lamento. Pero me hace mucha ilusión este nuevo Hilomóvil, ¡por fin un coche donde quepa totalmente tumbado! Ya lo imagino recorriendo las carreteras de los Alpes ante la mirada atónita de pastores y alpinistas… Para empezar el otro día lo llevé al taller y al aparcarlo la gente se santiguaba cuando pasaba a su lado.

Así pues estáis advertidos: Si váis al parking de Cantocochino o de Patones o de cualquier otro lado y veis un vehículo de más de seis metros negro como el azabache, con lunas enormes tintadas, pegatinas (para desiniestralizarlo), y en su bodega material para vagabundear por las montañas con total autonomía escalando el tiempo que sea necesario, ¡no preocuparse! Es el nuevo hilomóvil, uno de los coches más friquis de la Comunidad de Madrid.

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