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Archivo: Julio 2008

Galayos, la torre de Villarejo y otras frustraciones

alfredako 16/07/2008 @ 17:05

 

Una vez más Yhisas y el que escribe, volvimos a fijar nuestras miradas en las agujas de Galayos y en aquellas dos rutas que, por motivos aún poco claros, no pudimos escalar la semana pasada.

Ahora todo pintaba mucho más claro: Yhisas no iba en chanclas, teníamos suficiente tiempo por delante y más ganas que nunca. Con la furgo cargada de metralla y comida despegamos de esta ciudad a la hora en que sus habitantes se incorporan a sus trabajos después de un fin de semana más de calores y piscina.

Todos los que me conocen saben de mi afición por participar en aventuras montañeras con las mismas provisiones que puede llevar Tarzán en un paseo por la selva, gran error el mío el confiar siempre en el alguien llevará… o en el ya compraré… Pero esta vez no sería así. Una fiambrera llena de tortellinis con tomate y queso, barritas energéticas, embutidos, pan, cerezas de la Vera y demás tesoros formaban parte de nuestro equipaje. Nada podría detenernos esta vez.

A la hora prevista comenzamos la ascensión hacia pie de vía, algunas nubes  empezaban a concentrarse por encima de la Sierra de Gredos, en principio nada sospechoso. A las dos horas de aproximación nos encontrábamos muy cerca ya de nuestro objetivo: el conjunto granítico de las Berroqueras. Para entonces las nubes ya exhibían un claro aspecto amenazador, oscuras y rápidas se movían sobre vuestras cabezas a gran velocidad: se preparaba claramente la clásica tormenta de verano.

Decidimos esperar a que descargase y emprender la escalada en cuanto fuese posible, para ello buscamos un pequeño refugio donde abrigarnos,  ahí llegó la primera sorpresa al abrir la mochila: ¡Nuestro gran tesoro, los tortellinis, las cerezas, todo se había quedado en el coche! Otra gran cagada, aunque no suficiente para echarnos atrás, sobreviviríamos hasta la tarde del día siguiente con la lata de mejillones que Yhisas, no sé muy bien por qué, guardaba en uno de los bolsillos de su mochila. La lluvia cesó y comenzamos ese ritual tan característico de los escaladores cómo es vestirse a pie de vía. Colocarse el arnés, seleccionar el material, ese ritual que, como escrupulosa liturgia, todos realizamos en el mismo orden y en el máximo de los silencios, con el  tintineo de los mosquetones como único sonido de fondo.

Pero ¿Qué se puede esperar de un itinerario de escalada llamado Vía de las tormentas? Con los gatos puestos, magnesio en las manos y la mirada escrutadora de los primeros pasos un poderoso trueno dio inicio a la autentica tromba. En menos de un minuto estábamos ambos chorreando, las cuerdas empapadas, y nuestros proyectos de nuevo por los suelos. Después de mucho tiempo deliberando sobre qué hacer emprendimos el descenso con las orejas gachas y la lata de mejillones en los bolsillos.

Buscando desesperadamente paredes para escalar nos dirigimos a Villarejo (excelente zona cercana) a intentar una ruta clásica y de gran belleza lejos de las alturas de Galayos. Por lo menos ahora tendríamos el estómago lleno.

La ruta elegida en este caso es la clásica Guirles Marchal a la torre de Villarejo. Se trata de seis largos de gran belleza sobre buena roca. Muy disfrutona y elegante sin grandes dificultades. El primer largo discurre por una placa de 6a con unos pasos que te pillan un poco frío. A través de una travesía a derechas se supera un diedro que da lugar al tercer largo: una bonita fisura de dedos. Al contrario de lo que ocurrió en el Torozo (véase Con friends y a lo loco) esta vez me tocaron a mí los largos guapos, aunque en general no desmerece ninguno en toda la vía.

Fue una mañana perfecta, de esas que te hacen olvidar el mal rollo del día anterior. Otra travesía más después de la fisura de dedos te deja  al pie del penúltimo largo de la vía y, en mi opinión, la joya del recorrido. Un diedro con agarre y muy vertical que finaliza en una fisura al final ciega. Una autentica delicatesen de más de treinta metros, con ambiente y disfrutona al máximo. Desde ahí, y por terreno fácil, llegamos a la cima de la aguja.

Realizamos las fotos de rigor mirando con precaución a ambos lados en busca de algún escalador espontaneo y testigo de nuestra particular firma. Otro día más la soledad ha sido el premio concedido por los Dioses a nuestras escaladas.

Al ritmo de los Judas Priest y comiendo cerezas de la Vera llegamos a la hora del atasco a la capital del reino; sabiendo que en breve habrá que hacer la mochila de nuevo para realizar  los proyectos que quedan en el aire tormentoso de Galayos.

De las selvas de Guinea al granito de La Cabrera

alfredako 13/07/2008 @ 00:29

En Guinea, como en casi todos los países de África, hay muchos niños que tienen que recorrer al día cantidad de kilómetros para ir a la escuela. La imagen de niños haciendo autoestop en muchos países donde he estado me llama mucho la atención, los típicos hermanos de la mano caminando por el arcén de la carretera… Siempre me he preguntado si los profesores les regañan por llegar tarde como hacían con nosotros (yo vivía a menos de treinta segundos de la puerta del colegio).

 Estos niños de Guinea lo pudieron tener algo más fácil cuando una ONG mitad guineana y mitad española con el maravilloso nombre de Guinebus, decidió lanzarse a la búsqueda de medios de transporte para acercar la escuela a los chavales. Entre las opciones estaban toda suerte de vehículos de los que se quiere deshacer la gente en nuestro país: autobuses destartalados y viejas antiguallas de muchas ruedas que no hubiesen aguantado el viaje hasta nuestro continente vecino.

Por cosas del destino el parque móvil de Guinebus se completó con una flota de ocho Volvos flamantes de tamaño más que familiar. Coches con todos los accesorios posibles: cierre centralizado, elevalunas eléctricos, aire acondicionado y frenos ABS. Hasta ahí todo bien. Estos coches sólo tenían el pequeño detalle de haber sido donados por la Funeraria de Barcelona, se trataba de ocho furgones fúnebres que se jubilaban de tan siniestro trabajo para transportar sobre sus hombros a los niños más alegres del planeta.

 Los coches fueron llevados a Madrid desde Barcelona como el convoy más tétrico que desde hace tiempo surcaba la A2. Y así fueron a parar a Valdemanco, pequeña población a los pies de la Sierra de la Cabrera y ahí descansan hasta nuestros días.

 Como suele pasar con muchas ONG´s, los problemas internos o la dificultad de coordinación con el país de origen hacen que las bellas ideas acaben siendo mucho más difíciles de llevar a la práctica de lo que parece en un principio. La ong se deshizo y los coches iniciaron su letargo entre la maleza y el granito de la sierra madrileña. Y así estuvieron casi un par de años.

 Yo he sido obsequiado con uno de ellos, ha sido un honor para mí. Un coche con tanta historia, casi 700000 kilómetros, me pregunto si existe alguna ecuación matemática que determine la cantidad de fiambres que ha llevado en base al kilometraje. Sé que la misión que iba a realizar era mucho más digna, en el fondo lo lamento. Pero me hace mucha ilusión este nuevo Hilomóvil, ¡por fin un coche donde quepa totalmente tumbado! Ya lo imagino recorriendo las carreteras de los Alpes ante la mirada atónita de pastores y alpinistas… Para empezar el otro día lo llevé al taller y al aparcarlo la gente se santiguaba cuando pasaba a su lado.

Así pues estáis advertidos: Si váis al parking de Cantocochino o de Patones o de cualquier otro lado y veis un vehículo de más de seis metros negro como el azabache, con lunas enormes tintadas, pegatinas (para desiniestralizarlo), y en su bodega material para vagabundear por las montañas con total autonomía escalando el tiempo que sea necesario, ¡no preocuparse! Es el nuevo hilomóvil, uno de los coches más friquis de la Comunidad de Madrid.